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Cant Espiritual
El Cant Espiritual, el poema més important d’Ausiàs March (1400-1459), és una oració delirant, abigarrada, complexa, plena de passió i sinceritat, on el poeta mostra obertament les seues febleses.

Carles Dénia porta el versos de March al segle XXI, amb tocs de jazz, flamenc, cant valencià, música mediterrània... i molt, molt de ritme. Música lliure, amb la sola voluntat de ser tan absolutament visceral, polièdrica i apassionada com ho és el mateix poema d’Ausiàs March.

L’espectacle, amb una durada de 70 minuts, és passió pura... Qui anava a dir-nos que podríem ballar Ausiàs March?

“...Carles Dénia, un músic que ha convertit la seua carrera en un repte permanent de superació i experimentació, transitant amb naturalitat pel jazz, el flamenc, el cant tradicional valencià, la música sufí o la cançó d'autor, i rescatant lletres del patrimoni popular, musicant les seues pròpies o posant en solfa els poetes aràbigovalencians del segle XI, ens regala ara el seu treball més complex i més complet: un cant en què la veu «mínimament lírica» del cantor és transmutada pel cantaor en una construcció sonora on conviuen la música d'arrel i la contemporània, la potència rítmica i l'afinació, el cant eriçat de melismes i melodies plenes de delicadesa, de sensualitat.
El poeta de Gandia, «cor d’acer, de carn i fusta», ha trobat en el seu paisà Carles Dénia un músic valent i capaç disposat a fer que el seu cant cante. I vaja que ho ha aconseguit!...” (Anacleto Ferrer, Text d’introducció al disc Cant Espiritual)

FORMACIÓ
Carles Dénia s’acompanya de 6 reeixits músics i l’espectacle té una vessant teatral en incloure dansa de la mà del ballador Daniel Navarro. La il·luminació i escenografia estan dissenyades per Ximo Rojo.

CARLES DÉNIA: veu, guitarra, composició i direcció
ISMAEL ALCINA: baix
ANDRÉS BELMONTE: flautes
DAVID DOMÍNGUEZ: percussió
PAU FIGUERES: guitarres
ALBERT SANZ: piano i teclats
ALEIX TOBIAS: percussió

LETRA DEL 'CANT ESPIRITUAL' EN CASTELLANO (VERSIÓN DE JOSÉ MARIA MICÓ)
1. Puesto que sin ti nadie te alcanza, dame la mano o llévame por el pelo; si no extiendo mi mano hacia la tuya, arrástrame hacia ti casi a la fuerza. Quiero ir a tu encuentro; no sé por qué no hago lo que deseo, puesto que tengo la certeza de que mi voluntad actúa libremente, y no sé qué me lo impide.
Quiero levantarme, y por el peso de mis terribles culpas no basta lo que me esfuerzo. Antes de que la muerte concluya mi vida, Dios, puesto que quiero ser tuyo, quiérelo tú; haz que tu sangre ablande mi duro corazón: de males parecidos curó a muchos otros. Ya la tardanza me anuncia tu ira: tu piedad no halla en mí motivos para actuar.

2. Con el entendimiento no he pecado tan claramente como con mi muy culpable voluntad. ¡Ayúdame, Señor! Pero te lo ruego en vano, porque tú no asistes sino a quien se ayuda, y no puedes desatender a cuantos se te acercan: lo demuestran tus brazos abiertos. ¿Qué haré yo, que no merezco que me ayudes, porque reconozco que no me esfuerzo tanto como puedo?
Perdóname si te hablo enajenado: mis palabras emanan de mi sufrimiento. El infierno me causa pavor, y voy en ese camino; quiero desandarlo, y mis pasos no enderezo. Pero yo recuerdo que salvaste al ladrón, cuyas fechorías eran incontables: tu espíritu alienta allí donde le place; cómo y por qué ningún mortal lo sabe.
Aunque por mis actos no soy un buen cristiano, no tengo ira contra ti, y de nada te acuso. No me cabe duda de que obras siempre bien, tanto dando como quitando la vida: no hay diferencia si lo dicta tu autoridad. De ahí que juzgue loco al que se enfurecezca contra ti; la razón por la que los hombres no te conocen es porque aman el mal e ignoran el bien.

3.Te ruego que fortalezcas mi corazón, para que mi querer se sujete a tu voluntad; y ahora que sé que el mundo no me aprovecha, dame fuerzas para que lo abandone totalmente; y del placer que en ti saborea el hombre bondadoso, déjame sentir al menos un pequeño destello, para que mi carne que me es tan hostil reciba algún halago y no me sea del todo adversa.
¡Ayúdame, Señor!, que sin ti no puedo valerme, porque tengo el cuerpo peor que paralítico. Los malos hábitos han enraizado tanto en mí que me amarga el sabor de la virtud. ¡Oh, Dios, ten piedad! Dale la vuelta a mi naturaleza, que por mi culpa es malvada. Y si puedo redimir mis faltas con la muerte, esa será mi dulce penitencia.
Te temo más que te amo, y confieso este pecado ante ti. Turbada está mi esperanza y siento en mi interior una lucha terrible: te veo justo y misericordioso, veo que tu voluntad concede la gracia incluso sin méritos; que gustoso niegas y otorgas el don, sin tener en cuenta los méritos. Y si no hay justo que no te tema, ¿cuánto más no habré de temerte yo?
Si al justo Job lo oprimía su temor a Dios, ¿qué haré yo, que nado entre mis culpas? Cuando pienso en el infierno, donde el tiempo no cuenta, allí se me aparece todo cuanto mis facultades temen. El alma, que fue destinada a contemplar a Dios, se rebela contra él blasfemando: para el hombre peor mal es inconcebible. Así pues, ¿cómo ha de sentirse quien hacia allí se encamina?

4. Señor, te ruego que acortes mi vida antes de que me sobrevengan peores acontecimientos. Como llevo una vida deshonesta, vivo en dolor, y temo que allá en la muerte este sea interminable. Por tanto, dolor aquí, y allá dolor sin límite. Tómame en el instante en que mejor me halles; de nada me sirve la tardanza. Quien debe emprender un viaje no ve el momento de partir.
Yo me lamento, porque no puedo afligirme cuanto quisiera del eterno suplicio al que temo, pues se trata de un dolor sobrenatural que el hombre no puede representarse ni mucho menos sentir. Aun así, esto me parece una débil excusa para no ahuyentar de mi tan grave daño; si pido el cielo, no lo hago con suficiente convicción; me falta el temor y la esperanza.

5. Aunque te muestres irascible, esto se debe a nuestra ignorancia: tu voluntad siempre entraña clemencia, tu severo semblante no es sino inestimable bondad. Perdóname, Señor, si te he inculpado, pues confieso ser yo el culpable; te he juzgado con ojos humanos. Ilumíname los ojos del alma.
Mi voluntad es contraria a la tuya, y creyéndome mi propio amigo soy mi enemigo. ¡Ayúdame, Señor, pues en tal trance me ves! Me desespero si haces balance de mis méritos. Mucho me disgusta cómo se prolonga mi vida, y mucho temo que acabe. Vivo en dolor, porque mi deseo no se endereza, y ya tengo alterada mi facultad de juicio.

6. Tú eres el fin donde todo fin acaba, y no hay fin si en ti no culmina. Tu bien es la medida de todos los bienes, y no es bondadoso quien a ti, Dios, no se te asemeja. Llamas dios a quien te complace, y elevas a mayor categoría humana a quien se parece a ti; de ahí que con razón quien place al diablo tome el nombre de aquel con quien congenia.
El fin que puede hallarse en este mundo no es verdadero si no hace al hombre dichoso: ese fin empieza donde este mundo acaba, según la dirección que tome el hombre. Los filósofos que pusieron este fin en sí mismos se muestran en desacuerdo: clara señal de que no se funda en la verdad; por consiguiente, no puede contentar al hombre.
La ley judaica no fue de por sí la idónea (uno no entraba en el paraíso por ella), pero como dio origen a la nuestra, puede decirse que las dos son una. Así, el fin de todo, que es completamente humano, no da reposo o término a los apetitos; mas el hombre sin este fin tampoco alcanza el otro: como San Juan cuando anunció al Mesías.
No descansa quien otro fin espera, pues con nada más se apacigua el deseo: esto lo siente cada uno, y no es preciso mucho ingenio, pues salvo en ti el deseo no tiene límites. Igual que todos los ríos desembocan en el mar, así todos los fines en ti acaban.

7. Puesto que te conozco, haz que te ame: que venza el amor al miedo que te profeso.
Y si no albergo tanto amor como quisiera, aumenta mi temor para que temiéndote no peque, ya que, si no peco, perderé aquellos hábitos que fueron la causa de que no te amara. Que mueran los que me apartaron de ti, puesto que me han tenido moribundo e impiden que viva. ¡Oh, Señor Dios!, prolóngame la vida, pues me parece que me acerco a ti.

8. ¿Quién me enseñará a excusarme ante ti cuando deba dar cuenta de mis yerros? Tú delineaste mi recta disposición, y yo convertí la escuadra en una hoz muy curva; la quiero enderezar, pero necesito tu ayuda. ¡Ayúdame, Señor!, que mis fuerzas son flacas. Deseo saber a qué me predestinas. Lo que para ti es presente, para mí es hecho futuro.
No te pido salud para mi cuerpo, ni favor alguno de la naturaleza o de la fortuna, sino solo amarte, Dios, a ti tan solo, pues estoy seguro de que de ahí procede el sumo bien. Por lo tanto, si no siento un deleite sublime es porque no nací predispuesto para sentirlo; aunque, por sentido común, hasta el hombre rudo juzga que el bien supremo es el más deleitable de todos.

9. ¿Cuál será el día en que no tema a la muerte? Pues será cuando me inflame de tu amor; y esto no puede producirse sin el desprecio de la vida, y sin que por ti la desprecie. Entonces tendré a mis pies cuanto ahora acarreo sobre mis espaldas; quien no teme las garras del fiero león, mucho menos el aguijón de una avispa.
Te ruego, Señor, que me hagas insensible y que nunca más vuelva a sentir goce alguno: no solo los deshonestos que te ofenden, sino hasta los que resultan indiferentes. Lo deseo a fin de pensar solo en ti, y para poder hallar el camino que a ti conduce. Hazlo, Señor, y si me aparto en algún momento, tendré por seguro que nunca más me escucharás.

10. Me causa dolor verme perder la vida, porque mientras sufro no te amo tanto como quisiera, y quiero hacerlo; pero la costumbre me lo impide: me pesan las culpas del pasado. No te cuesto más que muchos que no te sirvieron y a los que concediste no menos de lo que yo te pido, por lo que te suplico que entres en mi corazón, pues has entrado en alguno más vil.
Soy católico, pero la fe no me inflama lo bastante para sofocar la tenue frialdad de los sentidos, porque escojo lo que percibo por las sensaciones, y creo en el paraíso por fe, y lo ratifico por la razón. Tengo la parte del espíritu dispuesta, mas la de los sentidos la llevo a rastras. Así pues, Señor, guíame con el fuego de la fe hasta el punto de que me abrase la parte que me enfría.

11. Me creaste para que salvase mi alma, y sabes que conmigo puede ocurrir lo contrario. Si es así, ¿para qué me creaste, siendo en ti el saber infalible? Te suplico que aniquiles mi ser, pues lo prefiero a la eterna cárcel oscura. Yo creo en ti por lo que dijiste de Judas: que sería mejor que ese hombre no hubiera nacido.
En cuanto mi alma estuvo segura tras haber recibido el bautismo, en vez de devolverme al seno de la vida, podría haber ido a saldar mi deuda con la muerte, y ahora no viviría entre temores. Los hombres pueden imaginarse los suplicios del infierno mejor que los placeres del cielo; los males sufridos son el ejemplo de los del infierno, pero juzgamos el paraíso sin sentirlo.

12. Dame fuerzas para que me vengue de mí mismo: me siento muy culpable por haberte ofendido. Y si no es bastante, cébate en mi carne pero sin tocar mi alma, que está hecha a tu imagen. Y por encima de todo, que no vacile mi fe ni tiemble mi esperanza: si ellas flaquean, no habrá caridad para mí. Y desoye mi carne aunque te suplique.

13. ¿Cuándo mojaré mis mejillas con un llanto de lágrimas dulces? La contrición es la fuente de la que emanan; esa es la llave que nos abre el cielo sellado; de la atrición surgen las amargas, porque se fundan más en el temor que en el amor. No obstante, dámelas tal cual en abundancia, puesto que son la dirección y el camino hacia las otras.

TEXT IN ENGLISH (ROBERT ARCHER VERSION)
1. Since we may reach you only by your will,
give me your hand, else wrench me by the hair;
if up to yours I fail to stretch my hand,
drag me to you; take, if I resist, no heed.
There I want to go where you await me;
I don’t know why I can’t do what I wish:
that I possess free will I do not doubt;
something obstructs it; what, I do not know.

I pull myself up, but every time sink down
under the weight of my terrible sins.
Lord, before my case by death’s forever closed,
accept me as your own, who long for you;
send your blood to melt my heardened heart:
many it has cured of the same disease.
But your delay alone proclaims your ire;
in me your mercy falls on stony ground.

2. Less I have sinned with my understanding
than my will, which I have with guilt weighed down.
Help me, my God! But foolish is my plea,
for you help only those who help themselves;
yet, who come unto you, they shall not want,
and ever held out to us are your arms.
But what of me, who drag my feet, and know
I’ve nothing done that could deserve your help?

Forgive me if folly is all I say;
the passions force out every word I speak:
I live in fear of Hell, but there direct
my steps; I would turn back, and yet can not.
But that you saved the thief I don’t forget:
to our eyes, more than his works deserved.
Wheresoever it wills your spirit breathes;
when it breathes, or why, none of us can tell.

Though a bad Christian, as my works proclaim,
anger or resentment I bear you none.
I have firm faith that all you do is good,
and that you do good both when life you give
or take; all is one that comes from your might.
Only a fool would be angry with you;
love of evil and ignorance of good -
if men don’t know you, there’s the reason why.

3. All I ask is that you strengthen my heart,
so with your will my desires become fused;
the world, I know, cannot profit me at all:
give me strength to reject it completely;
fire me with some small spark of that delight
a good man feels when he thinks of you,
and then my greatly rebellious flesh
will be appeased, and give me some respite.
:
Help me, Lord, for I cannot take a step
without you, paralysed my limbs, or worse.
Old habits are so deep ingrained in me
that virtue’s taken on a bitter taste.
Lord, have mercy, and my nature reverse,
made evil with the heavy weight of sin.
And if my sins can be redeemed by death,
then this sweet penitence I’ll gladly make.

My fear of you is greater than my love;
this heavy sin before you I confess.
My hope is all confounded; within me
I feel a dreadful battle raging on:
I see that you are merciful and just,
that, heedless of merits, your will grace bestows;
as you choose, the gift you grant or you deny.
Shall I not tremble, when even good men fear?

If fear of God weighed upon righteous Job,
what then of me, floundering in sin
I think of Hell, where time has no meaning,
and feel as much terror as man can know.
The soul, predestined to contemplate our God,
rebels against him with blasphemous thoughts;
none can imagine the torments of Hell.
How should he feel who walks along that road?

4. I beg you, to my life, Lord, put an end,
before even worse I have time to do.
I groan in pain at my perversity,
and fear eternal death beyond this life.
Here only pain, and there pain without end
awaits me. Take me when I’m at my best;
it nothing serves to put that moment off.
The journey awaits; there is no time to rest.

I grieve that as I should I do not grieve,
knowing eternally I may be damned;
the pain I fear is not in nature found;
man cannot guess at it, nor much less feel.
This is some excuse, but, I think, a weak one,
if my fear far short of my peril falls;
I ask for Heaven, yet little prize it;
fear it is that fails me, no less than hope.

5. Whenever angry you seem to us to be,
this only is our ignorance at fault;
your will shows clemency in all it does;
what we think bad is ineffable good.
Forgive me, Lord, if ever I accused you,
for I confess myself the guilty one;
I have judged all you do with eyes of flesh.
Only give light to the eyes of my soul!

All I do is contrary to your will,
my own false friend, enemy to myself.
Help me, Lord, since you see me in these straits!
That you’ll my merits judge brings me to despair;
I loathe each passing day my life goes on,
and yet I dread its coming to an end.
I live in anguish, with no firm intent:
even now in me I sense a change of will.

6. You are the end in which all ends must meet,
there is no end that does not lead to you.
You are the good by which all good is gauged,
and none is good unless he is like you.
Whomever you please you turn into a god,
in your likeness raised to man’s highest rung;
it follows, then: who keeps the Devil pleased
will take the name of he whose ways he chose.

This life has its wordly ends to offer,
and none of them true, that lead man to bliss;
where the world’s good ends, there true good begins,
as far as men can such things understand.
Some philosophers claim this world contains
true good, but each the other contradicts,
a sign infallible it holds no truth;
that’s why such good cannot make man content.

In itself the Law of Moses held no good
(Paradise could not be entered by that route),
but it was the beginning of our own,
so one might say that these two form one Law.
Just so, that end which human will desires
leaves restless appetite to go unchecked,
yet none without it reach that other end:
Saint John was sent to prophesize our Lord.

Whoever other than the true end seeks
can never have respite: elsewhere our will
cannot rest – this much knows each simple fool -
but man’s desires in you can find an end.
Just as all rivers rush down to the sea,
so every end must finally meet in you.
7. Since I know what you are, to love of you
compel me; make love vanquish all my fear.

But if I fail to love as I would wish,
heap up my fear, and so let dread hold sin
at bay; then, free of sin, shall I shrug off
those habits that have barred the way to love.
May Death strike those who from you estranged me,
stifled all life, and left me almost dead!
Lord God, oh yet a while please let me live:
Even now I feel that to you I draw near .

8. How will I excuse myself before you
when my disordered reckoning I make?
From birth you disposed me to be upright,
but the straight rule I’ve bent into a scythe;
I would set it true again, but your aid
I need. Oh, help me, Lord, for I languish.
Let me learn in what way I’m predestined,
your divine present, but my future fate.

Lord, I do not ask for bodily health,
nor of nature or of fortune some good,
but only that I may love you alone;
from such love derives the highest good.
And so must it be that heavenly joy
I cannot feel since such I was created;
yet with understanding a fool will see
the highest good brings joy above all else.

9. When will be the day I’ll lose my fear of death?
It will be when with love of you I burn;
but in contempt I must first hold my life
and must for your sake only feel such scorn.
Then shall I crush beneath my feet those things
that weigh – this heavy burden - on my back;
he who has no dread of the lion’s fierce claws
will laugh off the sting of the tiny wasp.

Lord, I beg that you deaden my senses
and from certain pleasures turn me for good,
not just foul delights that most offend you
but also those which lead to venial sins.
Thus will all my thoughts be only of you,
and I’ll take that road leading where you are.
Only do this, Lord, and if I turn back,
may your ears to me stay deaf for ever.

10. I grieve to see my life draw near its end;
yet, for all my grief, I cannot love you -
not as I would: habit is against me,
and I am burdened with such weight of guilt.
Many did not serve you, yet you have done
for them no less than what I ask for me;
I beg you, Lord, to come into my heart,
since some you entered more vile still than mine.

Christian I am, and yet the warmth of faith
can never melt my senses’ lingering chill,
and these I follow in everything I do;
my faith’s in Heaven, which reason confirms.
My spirit’s in readiness; but I must drag
the body where my other part awaits.
Send, Lord, the fire of faith to succour me,
and let it scorch the part that’s set in ice.

11. You created me that I might save my soul,
yet you may know the contrary fate is mine.
If this is so, then why was I created,
since your omniscience embraces all?
Return, I beg, to nothingness my being:
sooner this than eternal dungeon dark.
I believe in you who of Judas said
better had it been that man had not been born.

If only, baptised into salvation,
to the arms of life I hadn’t been returned,
but there and then I’d paid my due to death,
I wouldn’t know this present life of fear.
Men more quickly grasp the torments of Hell,
than ever can imagine Heaven’s bliss;
the pain we feel’s a copy of that other,
but we must guess at Paradise, unfelt.

12. Give me strength revenge to take upon myself;
your will I’ve offended with my great sins.
But if I fail, wreak vengeance on my flesh,
my soul unharmed, that’s in your likeness made.
Faith, above all, unwavering must be,
and hope must never tremble; charity
then will not fail me, if these two are firm.
Turn a deaf ear to my pleas for the flesh.

13. Oh when shall I be able to feel sweet
tears of repentance coursing down my cheeks?
Contrition is the fount from which these flow,
the key that opens Heaven’s bolted door.
I weep from attrition these bitter tears
since they spring more from fear of you than love;
yet even these in abundance send me,
to those other tears the path and then the road.

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